El juego como parte del aprendizaje, parte de la vida.

El juego como parte del aprendizaje, parte de la vida.

Una maestra y su primer grado.

Matilde fue maestra durante muchos años. La conozco porque era una gran amiga de mi mamá (también maestra).

Buscando en los recuerdos, me cuenta que trabajó en diferentes lugares. En la Ciudad de Buenos Aires, estuvo en la Escuela N°16 Distrito Escolar 21 DR. SOFÁNOR NOVILLO CORVALAN.

Busco en Internet y encuentro que la escuela tiene un espacio de comunicación con sus alumnos, sus padres y madres y todas las personas que quieran conocerla:

http://escuela16distrito19.buenosaires.gob.ar/

Matilde se jubiló hace 30 años. Los últimos años de docencia fue maestra de primer grado y sus recuerdos más vívidos se relacionan con el juego. El juego y las letras. El juego y el aprendizaje.

Dice Rtuh Harf:

« Los juegos incluyen el respeto a reglamentos, instrucciones, los cuales hacen que las agresiones se vean reducidas, no tanto en los deseos de agredir que cada uno pueda sentir, sino en la necesidad de ponerlos de manifiesto de formas socialmente válidas, para así poder seguir siendo parte del grupo en el cual están».

Y entonces aparece la letra CH. Esa loca letra que por épocas deja de serlo para convertirse en dos letras juntas. La letra CH como parte de un baile. Sí, porque para enseñarla, Matilde había ideado un baile: el CHA CHA CHA. Los chicos se tomaban por los hombros y se movían al ritmo de la música cantada por ellos mismos alrededor de los bancos dentro del aula.

Dice Pescetti:

«Un juego es una totalidad muy compleja que apunta a una infinidad de aspectos —sostiene Pescetti—. No es una herramienta de adiestramiento. Se parece más a una obra de arte: nadie ve un cuadro para desarrollar su sensibilidad al amarillo. Podríamos decir que un juego es como una obra de arte (en la mayoría de los casos: anónima y colectiva) que solo existe cuando se la practica y para quienes la practican, no para los que miran de afuera». “Los juegos son herramientas de la alegría, y la alegría además de valer en sí misma es una herramienta de la libertad».

“Al ir bailando y repetir CHA CHA CHA se reían.  Y no se lo olvidaban. Y Madres me lo venían a decir”, cuenta Matilde. Y agrega: “Yo disfrute mucho de mi Profesión, Y después de que falleció mi esposo, mi parte de recuperación fue allí, con los alumnos que te dan Tanto Amor”.

Jugar, aprender, crecer, dar amor. La escuela misma.

Gracias infinitas a Matilde Metola por estos recuerdos

Cada uno sueña con lo que quiere

Por Nicole Berstein

 Viajé a Australia hace poco más de seis años para estudiar una maestría. Llegué con el tanque emocional lleno de positivismo, educación bilingüe en el bolsillo y hambre de nuevas aventuras.

Poco tardé en darme cuenta de que no podía entender el acento australiano; el mar azul que había visto en las fotos, era marrón porque acababa de ser época de ciclones y la frase que, incansablemente repetí antes de viajar,  “Australia es un país lleno de oportunidades”, me bofeteó al caer en la cuenta de que nadie te viene a tocar la puerta para ofrecerte el trabajo de tu vida y de que no toda la gente es amable como dicen.

Derrumbar las idealizaciones fue el primer paso que tuve que dar para poder establecer una relación más honesta con este país.

Había aplicado a una beca en Argentina y confié en que la conseguiría. Mientras tanto, un mes después de haberme instalado en Brisbane, fui a conocer la universidad. Recuerdo la alegría que sentí al caminar por el campus. Recuerdo hacer un esfuerzo para contener las lágrimas y concentrarme en abarcar lo máximo posible que pudiera con mis sentidos. Aún no podría explicar de manera racional las razones por las cuales me producía tanta emoción estar caminando por la universidad. Descubrí que la biblioteca es un lugar público en el que puedo pasar horas enteras leyendo. ¿Qué estaba haciendo en Argentina que no pasé días enteros en las bibliotecas públicas? Una de esas cosas que uno aprende a valorar cuando toma distancia de su atareada vida cotidiana. ¡Cuánto me perdí mientras estaba tan ocupada en vaya a saber qué!

Un día recibí un mail con dos palabras que sobresalieron: unsuccessful application. La beca no me fue concedida.

Lo menos exagerado que pude pensar fue que mi sueño estaba en jaque. Se volvió evidente que el camino no sería sencillo.

Fui a la universidad a preguntar cuánto costaría la maestría y asumí que tenía que poner mi sueño a un lado.

Mientras tanto, continué pasando dias enteros en la biblioteca de las distintas universidades en Brisbane confiando en que algún día tendría mi número de estudiante matriculada y estaría en alguna de las computadoras preparando un ensayo. Cada uno sueña con lo que quiere, ¿no?

Decidí enfocar mi energía en mejorar mi inglés a un nivel competente. Los fondos que tenía eran limitados y empezaron a acabarse. Conocí unos colegas extranjeros que estaban contentos por haber conseguido trabajos para limpiar casas y oficinas. Profesionales calificados con carreras sólidas en sus países de origen trabajando de encargados de limpieza debido a una barrera de lenguaje. No sabía que esto era una moda ni me apetecía seguirla como tal. Me pregunté cuál sería el mejor trabajo no calificado que podría ofrecerme a mí misma. Empecé a cuidar niños para una familia australiana y gané confianza en mi misma, aprendí incontables lecciones y conocí otras familias que también necesitaban  entretener a los chicos. A los pocos meses, estaba yendo de una casa a la siguiente en mi bicicleta, los siete días de la semana y después de tres años me di cuenta de que quizá podría costearme la educación y retomar mi sueño para convertirlo en una realidad. Calculé mis costos y la mayor expensa semanal era la renta. Sin propósito específico, abrí el diario que escribía apenas llegué a Australia y leí: “sueño con encontrar una casa de dos pisos y ofrecer alojamiento a estudiantes extranjeros creando así un lugar en donde se sientan seguros y acompañados como me gustaría sentirme ahora mismo”.

Encontré una casa de dos pisos y amoblé cada rincón. Luego de dos semanas recibí la primera estudiante. Durante dos años alojé veintisiete estudiantes de diversos países con historias de vida fascinantes. Mientras tanto, pude reducir mi renta a un mínimo y, en febrero del 2016, me matriculé en el Master de Prácticas de Desarrollo en la Universidad de Queensland. Dos años después me gradué con un promedio de 6 sobre 7 y escribí una tesis de doce mil palabras que titulé Cuestionando la victimización y opresión de mujeres en países en vías de desarrollo.

Este camino me enseñó sobre la paciencia y la persistencia; pero el aprendizaje más valioso fue que, paradójicamente, esto que vine a buscar tan lejos, a 14.000 kilómetros de mi casa, lo encontré dentro de mí.

Y aprendí a cultivar una íntima relación con ESTA PARTE que es intrínseca a todos nosotros, que nos sostiene cuando sentimos que estamos tambaleando; que nos muestra el horizonte cuando estamos preocupados por lo inmediato; esta parte donde viven nuestros anhelos más profundos; esta parte que es sabia, pero por sobre todo, intrépida, audaz y llena de valentía.