Extraño el aroma de la escuela, de la merienda, el arroz con leche

Soy Fiorina, docente de nivel primario en la escuela número 140 de El Bolsón, Río Negro.

Es la escuela donde me recibí. Doy clases en tercero. Tengo este grupo por tercer año consecutivo, comenzamos juntos (yo arrancaba mi profesión).

Les relato cómo fue la primera etapa de la cuarentena con respecto a mi escuela, mis clases, mis estudiantes y las familias.

Tenemos más diálogo con los docentes, trabajamos más en equipo y acompañamos a las familias de distinta manera. Por ejemplo, los asistimos con el trámite del Ansés para que puedan acceder al bono y también con viandas. Las necesidades aumentan.

Y como por las noches hace mucho frío, con las maestras estamos cubriendo necesidades de la familia: alimento y leña.

Al principio parecían vacaciones para los niños y niñas. Les gustaba un poco la idea.

Cuando se extendió me expresaron el deseo de volver a la escuela, extrañan a compañeros y compañeras, a las seños.

Algunos me dicen “extraño a la escuela”. Sí, yo también extraño, pienso.

Tuvimos que modificar la planificación por la cuarentena.

Comenzamos las clases haciendo una lista de difusión de whats con ejercitación.

 Me dediqué a enviarles tarea, a tenerlos activos y activas, con entusiasmo. Primero ejercitación, luego experimentos, juegos todos juntos.

No quería que estén frente al teléfono o a la pantalla. Pensé otras ideas para salir de lo virtual y llegar a ellos y ellas.

Aquí somos casi todos vecinos…

Les entregué una caja con juegos y regalitos y cada cosa tenía una consigna (para que no sientan que sea una tarea más). Desde lo lúdico nos entendemos mejor, es el lenguaje de los niños.

 Fue una gran sorpresa, les encantó. Fue el primer encuentro. Al entregar la caja me tenían que dar un libro de autor que hubiesen hecho para intercambiar con un compañero. Así fortalecer los vínculos entre pares.

La semana pasada entregué un cuadernillo de actividades de lengua y matemática.

Hablo con ellos y ellas casi a diario para saber cómo están, para entusiasmarlos, para animarlos, para que me cuenten qué piensan, cómo viven todo esto. O los llamo o me llaman.

Con los padres y con las madres tenemos una buena comunicación. Venimos trabajando la participación y el diálogo. Fueron expresando cómo se sentían las familias, cómo explicarles algún ejercicio. Descubrieron temas que habíamos visto años anteriores.

Este último tiempo me llaman para desahogarse. No tener trabajo, no tener dinero, tener la preocupación enorme de no saber cómo alimentar a los hijos.

Extraño especialmente a mis estudiantes. Los tengo desde los 5 años.

Extraño abrazos, besos, las cartitas que me daban a la entrada a clase. Se extraña preparar los materiales, salir cargada con todo. La hermosa sensación de entrar a la escuela o cuando te cruzás en el camino que te gritan “seño”.

 Extraño los primeros momentos del día que lo usábamos para contar las novedades, cada uno contaba lo que quería compartir con el grupo. La escuela y el aula son sus espacios. Extraño los recreos, los padres, las madres, mis compañeras.

Extraño el aroma de la escuela, de la cocina, de la merienda, el arroz con leche, avena.

Nuestra labor como docentes aumentó. Planificamos, mandamos propuestas, compramos y entregamos alimentos, trabajamos las emociones de las familias.

 No hay límite de horarios ni de días. Por ejemplo, me pasó de reenviar la tarea a la mamá por tercera vez un sábado a la noche porque se le borró todo del teléfono. Sabemos que, en ese momento, ese sábado, se sentaron a hacerla y la necesitan ahí. No podemos esperar hasta el lunes a las dos de la tarde para mandarla otra vez.

La llamada de los estudiantes el domingo al mediodía, es ese momento el que quieren hablar con vos.

Creo que esta pandemia nos permitió crear lazos más fuertes, más estables y valoro mucho eso.

El relato de un día, de una situación:

Tenía que entregar alimentos a la mamá. Era urgente, los necesitaba. El mismo día compramos de nuestro bolsillo. Entregamos la mercadería en la escuela, rara, oscura, silenciosa, fría. Esa escuela que fue siempre luz. Que la mamá sintiera el apoyo, estaba con el hijo, fue hermoso. No entendíamos lo que decíamos por los barbijos, no podíamos abrazarnos ni besarnos. Pero pudimos ver la luz en nuestros ojos.

En ese momento comprendí la importancia de educar con amorosidad.

Hoy le doy mucho más valor todavía.