Aprendiendo a aprender. Parte 1

Delia Azzerboni
¿Cuántas vece hemos escrito en las planificaciones “promover el aprender a aprender”?…
¿Se aprende a aprender? Entonces si se aprende… ¿se enseña? Pensemos juntas/os.
¿Qué significa aprender a aprender? Sintéticamente diremos que implica prestar atención, reconocer y manejar los propios procesos cognitivos para adecuarlos a lo requerido para lograr el aprendizaje. Cuanto más conoce de sus propios procesos, el estudiante está en mejores condiciones para seguir aprendiendo.
Hacemos referencia a la metacognición. Hay evidencias de múltiples estudios que revelan que la metacognición genera mejores, más exitosos y más profundos aprendizajes.
La metacognición, como el conocimiento que una persona tiene acerca de sus propios procesos cognitivos ayuda a tomar decisiones sobre el curso de la propia acción, favorece la flexibilidad en los procesos de aprendizaje, propicia tomar la iniciativa en el pensar, alienta la transferencia a nuevas situaciones de aprendizaje, hace “visible” el aprendizaje.
Al emprender cualquier situación nueva aplicamos estrategias de aprendizaje. Las estrategias de aprendizaje son secuencias de acción dirigidas a la obtención de metas de aprendizaje, son formas de saber hacer que requieren planificación, líneas de intervención, planes mentales de acción; son complejas operaciones cognitivas que guían los procedimientos para resolver los problemas a los que nos enfrentamos cuando queremos resolver algo.
¿Se recuperan en el sistema educativo estas estrategias? Los educadores ¿Se interesan en enseñarlas a través de las actividades y los proyectos propuestos? ¿Existe una real preocupación de cada una de las escuelas por incluirlas en las prácticas que se consensuan?
Se mencionan 3 grupos de estrategias de aprendizaje:
1. Cognitivas, que implican memorización, elaboración y transformación de lo que se va aprendiendo.
2. Metacognitivas, es decir de planificación, control y regulación del propio proceso de aprendizaje.
3. De administración de recursos internos que regulan el control del esfuerzo y la atención y la atención planificada del tiempo de aprendizaje, y de recursos externos que dan sentido a la manera en que se organiza el entorno y los materiales para aprender de manera óptima.
Muchas de estas estrategias se aprenden en espacios en los que se propician los intercambios comunicacionales, la enseñanza recíproca, y el aprendizaje cooperativo, puesto que los otros nos ayudan a tomar conciencia de nuestros modos de encarar la tarea y apreciar otras estrategias que los demás aplican.
Se aprende a usar estas estrategias que “alimentan” los procesos metacognitivos cuando se generan oportunidades para establecer relaciones entre lo nuevo por conocer y los saberes previos, cuando se brindan ayudas para que se organice el trabajo en etapas, cuando se enseña a hacer síntesis, esquemas, cuadros, mapas conceptuales, cuando se encuentran espacios para reflexionar sobre los logros y los obstáculos en el aprender, es decir cuando se buscan oportunidades para la autoevaluación y la coevaluación.
Recordemos que se aprende de las experiencias, se aprende haciendo. Por lo tanto es imperativo reconocer qué y cómo “se hace”, qué y cómo se viven las experiencias.
En todos los casos hemos de destacar el valor de la retroalimentación que el educador/a brinda abriendo alternativas para que el estudiante se pregunte ¿cómo aprendí?, ¿qué aprendí?, ¿qué estrategias usé, es decir cómo lo aprendí?, ¿puedo transferir lo que aprendí, es decir en qué otro momento lo puedo aplicar?, ¿qué pensé?, ¿me resultó confuso, claro, sencillo, novedoso?, ¿estoy usando la estrategia adecuada?, etc… Sin duda, en todos los casos interviene un educador/a que genera un clima de autonocimiento, de fortalecimiento de habilidades metacognitivas, de mayor autonomía, intervenciones de un educador/a que se interesa en que los estudiantes se hagan responsables de su propio aprendizaje.
¿No es este uno de los propósitos fundamentas de la escuela?
Nos seguimos encontrando, colegas.
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