Como una hormiga y sin hormiguero

Como una hormiga y sin hormiguero

Se suele decir que, en los colegios grandes, los alumnos son sólo un número. Que los docentes, directivos y demás no saben ni tu nombre. Bueno, puedo dar fe de eso.

Fui una hormiga sin hormiguero durante toda la primaria, por hormiga, quiero decir a que me sentí un ser diminuto en un lugar enorme y sin hormiguero al que jamás sentí en el colegio al que iba, un lugar de pertenencia. No me gustaba estar ahí, sufría mucho y sufrí muchos años después de haberme ido, incluso cuando en sueños, me encontraba en el patio de esa escuela.

Lo que puedo destacar que sucedía en la escuela como primer problema era la violencia verbal que había entre directivos y docentes y que se trasladaba a los alumnos. Los gritos de los profesores recorrían los pasillos. Recuerdo una vez que me gritó tanto pero tanto una profesora, que hasta en dos aulas más lejos que la mía se escuchó. Y en el recreo me preguntaron qué macana grande me había mandado que la profesora me gritó de esa manera. O sea, el problema había sido yo, no los gritos de ella, eso estaba normalizado, era habitual y aceptado entre todos.

El destrato era algo continúo. La palabra del alumno no tenía validez, no era escuchada y hasta era ninguneada. Incluso, a veces, la palabra de la propia familia. ¿A mí me han llegado a citar en la oficina del director y preguntarme, “¿tu mamá tiene algún problema en la cabeza?”… Aún recuerdo esa frase y no puedo creerla.

Otro problema grave que tenía la Institución era que los alumnos llegaban al mes de diciembre peligrando el año (como fue mi caso) y ni los padres ni ellos estaban enterados. No había un seguimiento académico. No había tutores ni ayuda para los alumnos que venían con notas flojas, ni siquiera un llamado de atención. Nada. Pero sí estaba el llamado de atención si el uniforme no era el que correspondía, era más importante la imagen que el contenido. No sabían tu nombre ni cómo te iba en las materias, pero sí sabían que la chomba que tenías puesta no era la del día correspondiente. Y si eso pasaba se utilizaba el destrato y la violencia verbal antes mencionada. “¿Cómo en tu casa no se dieron cuenta que con esa chomba hoy no podes venir, no se da cuenta tu mamá el día que es?”. A los gritos, te sacaban de la fila de ingreso a las 7.55 de la mañana delante de todos tus compañeros. Volvías al aula un rato después que todos ellos, humillada porque no habías respetado el uniforme, y sin nadie que te acompañe hasta el aula porque no sabían ni cómo te llamabas ni a que aula pertenecías.

Eras una hormiga, sin hormiguero. 

Guadalupe Escala

 

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