Cuando somos pocos en el aula

 

Hace unos años, cuando todavía me desempeñaba como maestra de grado, se me presenta un gran desafío en ese rol. La dirección de la escuela, me asigna el trabajo con un grupo de estudiantes de tercer grado. La  peculiaridad de grado era que el total del grupo  constaba solo de cinco estudiantes, entre los que se encontraban cuatro niñas y un niño.

Todas las recomendaciones giraban en torno a poder mantener a ese grupo matriculado sin perder un solo estudiante que implicaba el cierre del grado por el bajo número de alumnos inscriptos. Era un gran peso para mí.

Es posible pensar que, siendo un grupo pequeño, la tarea sería menor. Menos para corregir, para planificar y  para acompañar. Pero, la enseñanza es una tarea difícil que no entiende de las proporcionalidades ni de las matemáticas. Enseñar implica un sin número de variables  que van desde el conocimiento del área, la didáctica, la planificación, lo convivencial , el vínculo con la comunidad, etc.

Mis  interrogantes giraban en torno a: ¿de qué manera mantener la interacción, la motivación, la acción entre los estudiantes? , ¿cómo lograr que se presenten situaciones problemáticas  que los inviten  a pensar y construir conocimiento?. Sintiéndome una docente que observa  y  acompaña los procesos de cada estudiante, me propuse no convertirme en una lupa que no permite que se equivoquen y estar todo el tiempo corrigiéndoles las actividades y llenarlos de un sinfín de tareas. Por lo contrario, mi reflexión giraba en torno a darles el tiempo para lograr los procesos que todos los estudiantes de tercer grado realizan, permitiéndoles  tener también un espacio para divertirse y jugar.

Entonces aparecieron los proyectos compartidos con cuarto grado, que les daba la posibilidad de encontrarse con otros e interactuar. Los proyectos compartidos con segundo y primero donde ellos se sentían más importantes y podían explicarles a otros y ayudarlos.

El espacio del aula se llenó de rincones para leer, para investigar y para jugar.

Hubo momentos en los que se tuvo que pedir silencio por el barullo que se escuchaba. También hubo que pedirles que se sentaran y dejarán de andar corriendo por el aula cuando se estaba explicando una consigna.

Me acuerdo del cansancio con el que llegaba a casa por poner el cuerpo y la cabeza cada día.

Me acuerdo de cada uno de ellos y de sus particularidades.

Fuimos muy felices ese año.

 

Li. Prof. Vanesa Correa

 

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