El punto final de la letra cursiva

 

Por Pablo Sigal

Cuando hice la primaria, en la década del 80, a pesar de que Emilia Ferreiro y sus descubrimientos en psicogénesis de la escritura ya estaban entrando en las aulas de nuestro país, recuerdo tener que realizar actividades para mejorar la letra y repetir, una y otra vez, las mismas panzas de la “p” o la “b” y esos rulos imposibles de la hache mayúscula. Existía la creencia, aún hoy arraigada, de la repetición como forma central del aprendizaje, en detrimento de la construcción y experimentación.

Después, fui a un colegio industrial, donde la norma y obligación no era la de la rimbombante cursiva sino que debíamos rendir culto a la letra de imprenta, su enemiga acérrima. Ya nunca volvió la cursiva a mi vida: en la facultad, en el profesorado, en mis trabajos, en todo texto manuscrito siempre tuve que usar, por acción u obligación,  la imprenta. La cursiva era tan lejana para mí como formar y tomar distancia. 

Hasta que volví a la escuela primaria. Esta vez como maestro.  Me agarró la desesperación: no sabía hacer las mayúsculas, trataba pero ya no entendía eso de las colitas, las patitas y todas esas vueltas barrocas que unen a una letra con otra. Mezclaba mi letra de calitecno industrial, de líneas firmes y rectas con todas esas redondeces de la letra escolar. Al tiempo me di por vencido y, también, me di cuenta de que mis alumnos/as seguían escribiendo en cursiva aunque yo lo hiciera en imprenta: La escuela ya había hecho su trabajo para que ellos/as hicieran lo que se les pedía sin cuestionar el por qué. 

Si solo la escuela es la que exige este estilo; si su uso es “endémico”  de una institución que se retroalimenta con sus propias lógicas y sentidos; si en toda planilla que se llena por motivos legales, comerciales, institucionales, la aclaración es completar en letra clara de imprenta, entonces cabe hacer la pregunta: ¿para qué sirve enseñar la cursiva? Ahí aparecen diferentes discursos, sostenidos desde diversas lógicas : “¡a mí me gusta!”, dice una. Otra contesta: “ayuda a los niños a trabajar su motricidad fina”. Una más acota: “se escribe más rápido cuando uno está apurado”. 

Podría decir que el gusto de uno/a no puede ser la necesidad de todos/as, y que para trabajar la motricidad fina (cosa que ya con Emilia Ferreiro podríamos poner en duda como necesidad) existen cientos de actividades más lúdicas que repetir ciertos patrones cuasipictóricos una y otra vez. En cuanto a que se escribe más rápido, la imprenta en velocidad (por ejemplo, al tomar apuntes), también desarrolla sus propias formas para unir una letra con otra de forma de no tener que levantar el lápiz. 

Pareciera que, entre sus legionarios, pareciera que la letra cursiva es más defendida como ejercicio mental que como instrumento de comunicación y se ignora, por otro lado, que la importancia de la enseñanza de la escritura no está en sus formas sino en su contenido: la comprensión del sistema por el cual con un puñado de letras se consigue infinidad de sentidos diferentes, y que ese sistema de fonemas tiene su correlato en grafemas.

Claro que si eliminamos su enseñanza la letra cursiva se perderá como práctica, como tradición… pero no será más grave que haber perdido los boletos capicúas, los teléfonos públicos, los relojes analógicos, el cine continuado o el deshollinador. A veces la nostalgia no nos deja crecer.

Seguramente, se pueden seguir buscando argumentos para pensar racionalmente los beneficios de la cursiva, pero la pregunta que debemos hacernos es más sencilla: ¿vale la pena? ¿vale la pena invertir el limitado tiempo escolar en enseñar una letra sin uso social? ¿Qué otras cosas podrían enseñarse en ese tiempo? El recorte del currículum escolar no es una cuestión de “sentido común” ni de “lógica”; no es un material ni estático ni inmutable, sino todo lo contrario. La decisión de cada contenido es una decisión política e ideológica. ¿Por qué no enseñar en ese tiempo otro contenido? ¿Teatro?, para que los/as niños/as puedan expresar emociones o trabajar; ¿variedades lingüísticas?, para que aprendan que la forma de hablar de sus compañeros/as bolivianos/as o paraguayos/as es tan válida como la variante del español rioplatense que hablamos en la Ciudad de Buenos Aires; ¿filosofía?  Todo podría (no) estar y todo podría ser diferente.

 La escuela es una institución conservadora, reacia a los cambios que va conquistando la sociedad. Por poner un ejemplo, en 2010 en las escuelas de CABA (al menos donde yo trabajaba) mientras se votaba la histórica ley de matrimonio igualitario, el registro de clase seguía colocando obligatoriamente primero a los nenes y después a las nenas  y, por tradición,  las filas eran separadas para ambos/as. Después, ese mismo año, “mágicamente” (no mágicamente, claro, pero muy por detrás de las transformaciones sociales), llegó la “orden” de la supervisión de intercalar por apellido, como corresponde, a los chicos y las chicas en el registro. 

Lento pero viene… Seguramente, con o sin nostalgia, llegará el día que le pongamos punto final a la última letra cursiva en la escuela primaria. 

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.