Infancias de época, en primera persona

Fui niña entre los ‘70 y los ’80. En esa época la infancia era un mundo más cerrado que el de ahora. Los pliegues que se generaban en el juego con otros niños no se resolvían con adultos que se sentaban entre nosotros y desmenuzaban el conflicto, disimulando la ansiedad por retomar lo que los ocupaba. No buscaban entender qué había pasado mientras diseñaban entre sus ideas una manera rápida de enseñar valores, ser justos y no estigamtizar al mismo tiempo. No se habían inventado términos como “bullyng” para pasar por esa lupa todo conflicto infantil. La sociedad estaba, en el mejor de los casos, sobreviviendo a una dictadura sangrienta.

Cuando yo era una niña, formar o no parte de un círculo de amigos era el resultado de un juego de fortalezas y debilidades que se daban en el campo exclusivo de la niñez. En mi caso, no siempre salí ganando en esa lucha (a veces más tácita y a veces más explícita) por pertenecer.

En esa otra forma de ser de la infancia de mi época, ese juego de fortalezas y debilidades era un poco más crudo cuando se trataba de los niños. Ser varón requería de dureza -cuanta menos sensibilidad mejor- y, de fondo, siempre estar dispuesto a las piñas si se presentaba una situación que lo ameritara. Se diera o no la oportunidad, animarse o no animarse era una pregunta interna que los niños de mi época debían hacerse y ocupaban en ella gran parte de sus infancias, resolviendo el dilema en silencio.

No hay mucha visagra entre ser niña y ser madre. Quiero decir, no hacemos un curso antes de tener niños para saber cómo se es niño en cada época. No hacemos un curso para ser madres. Punto.

Tengo dos hijos. Mi hija tiene una de esas personalidades a las que nada la doblega. Habrá que ayudarla a administrar su energía, pero nunca habrá que preocuparse porque alguien le esté pasando por encima. Y ella, que tiene unos valores tan inquebrantables como su personalidad, no usa su carácter para doblegar al otro, con excepción del hermano, claro.

Mi hijo tiene otras particularidades. Tiene una seguridad interna tal que los juegos de poder le pasan por el costado, no los ve. Intuyo que de ahí nace su capacidad de enseñarme cosas, su libertad para verme como un par, como un ser humano. Porque hay momentos en que Gaspar es mi maestro. Son momentos de otro clima, tiempos cerrados en sí mismos, naturales y singulares a la vez.

Un ejemplo de ello se dio una vez en que era pequeño y estaba enfermo. Debía andar por los 4 años. No sabíamos qué tenía. Era uno de esos casos en que vas al médico con dudas y no para pedir una receta. Lo llevaba el papá y cuando salía de casa lo saludé dicéndole: “Chau hijito, ojalá que no sea nada”. El, con su parsimonia habitual para pensar y hablar, me contestó: “Ojalá sea algo mami, si no no me van a poder curar”. Yo me quedé con la sensación de haber sido un poco idiota por un rato. Una madre que busca darle a su hijo la tranquilidad que en realidad necesita ella. Lo más bello de esos momentos es encontrarse con la libertad que él tiene a mano para poner sus ideas a la altura de las mías. A veces por encima.

Como aquella vez del verano pasado, cuando estábamos en la isla del Delta que frecuentamos. Salíamos de la casa, él cruzó corriendo, descalzo, el puente que pasa por encima del arroyo. Yo atrás, iba más lento. Del otro lado del puente, parado junto a un amigo, estaba el niño canchero de la isla. Uno de esos niños que pululaban en mi época y que pertenecían a la cultura de las reglas de pibes duros, esos que burlan a otros porque ya resolvieron el dilema interno de las piñas.

Gaspar había manifestado alguna vez, con honesta curiosidad, no entender a esos niños. Se había dado alguna escena en la que él se iba sin lograr pertenecer y sin el interés suficiente para averiguar qué estaba ocurriendo. Yo, en cambio, había puesto a funcionar mi historia para leer la suya. Otra vez la bisagra ausente entre niñez y maternidad. Una primero es niñez y luego es madre de niñez. En el medio, poca cosa.

En su trayecto veloz Gaspar se clava un dedo entre las maderas del puente y sigue corriendo con quejidos de dolor hasta llegar al otro lado y esperarme sobre el parque. Cuando llego, luego de pasar por al lado del niño “piola” y su amigo, Gaspar me empieza a pedir con insistencia que le haga upa. Primero pensé que no los habría visto y que lo mejor sería avisarle. Después pensé que el dolor por el golpe no le estaría dejando hacer la conexión entre dos escenas que, en mi infancia, no hubieran debido convivir. El insistía y como yo ya estaba a su lado, me acerqué más y le dije en voz baja: “¿te parece, están esos chicos ahí, que son medio…?” Me sentía muy extraña, algo de lo que estaba haciendo no estaba bien, pero no me daban los tiempos para descubrir qué, para parar y reordenar.

No hizo falta, Gaspar lo hizo por mí. Activó su libertad para ser mi par por un rato y me respondió con otra pregunta que volvió todo a “foja 0”, a ese estado tan sano y lejano a los prejuicios: “¿qué tiene de malo que una mamá le haga upa a un hijo que se golpeó?”. Seguimos camino hacia el río, él a upa mío. Mientras masticaba la distancia entre mi infancia y la suya, sintiendo una vez más que faltaba algo entre una y otra, comenté un tibio “tenés razón, hijo”. A lo que él agregó: “Además qué me importa lo que piensen. Si esos chicos son unos idiotas!”.

Me hubiera gustado volver a mi niñez con esas dos frases a cuestas. Me hubiera gustado volver para “no pertenecer”, con tranquilidad. Sé que las infancias son infancias de época, no se resuelven con un viaje al pasado porque la cultura no viaja en máquinas del tiempo. Prefiero además quedarme aquí, acompañando estas nuevas infancias, transitando la única bisagra posible: la experencia.

*Lic. en Ciencias de la Comunicación, trabaja en formación docente.

2 comentarios
  1. Puli Feingold
    Puli Feingold Dice:

    Hermoso relato Bárbara. ¡Cuánto tenemos que seguir aprendiendo de la niñez !
    Y aprender también a abrirnos cual abanico 360 de nuestra propio sentir de infancia!
    Muchas gracias

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