La diversidad en el aula

La coyuntura actual pone sobre la mesa las problemáticas en torno a los modos de inclusión de la diversidad en las aulas. Frases como: “Este chico no es para esta escuela”, “acá no tenemos las herramientas”, “no fuimos preparados para esto” circulan en los pasillos de las escuelas y nos impulsan a preguntarnos cómo trabajar para sortear estas dificultades. Si pensamos que lo diferente “estorba”, ¿estamos pretendiendo una normalidad a la hora de educar? ¿Cómo fundamentamos que las necesidades sociales y emocionales de un niño serían abordadas de una mejor manera en una Escuela Especial? ¿Qué puentes construimos para atravesar dichos obstáculos? En el siguiente artículo intentaremos problematizar la construcción de saberes y de subjetividades de los niños y niñas en el ámbito educativo.

  La escuela: lugar de cotidianeidad y continuidad, pero también, lugar de conflictos y dificultades para conversar y comprendernos. Carlos Skliar señala que el “estar juntos” forma parte de la descripción de una comunidad, pero no sólo desde la posibilidad del encuentro o la capacidad de desarrollar un proyecto común, sino también desde la posibilidad del desencuentro. Para el autor la impotencia y la dificultad forman parte del origen de enseñar y aprender. Desde allí, el “estar juntos” se transforma en un punto de partida para “hacer algo juntos”. Será entonces desde estos desencuentros que adviene el interrogante acerca del poder pensar junto con otros. Si el conflicto es el motor de las posibilidades nos preguntamos: ¿Cómo la institución educativa incluye allí lo diferente?

Según Baquero (2001): “Lo diverso puede ser entendido como un enemigo a combatir, como un funcionamiento primitivo aún no desarrollado, o bien, por el contrario, como un funcionamiento idiosincrático a preservar según contextos de uso o identidad de los sujetos”. Los discursos que muchas veces circulan en las escuelas sostienen que “el diferente” es quien siempre debe adaptarse a la “normalidad” del otro. Para Skliar la existencia de ese otro puede pensarse en un plano de responsabilidad y de justicia: todo otro es, por definición, una alteración a cualquier idea de normalidad. Las respuestas que se dan a esa existencia, no pueden ser ni de asimilación ni de inclusión a un mundo construido con anterioridad. No se trata de que ellos se “adapten” a la escuela, de que puedan “incluirse” en una educación normalizadora.

Retomando la necesidad de una “preparación para la diferencia”, Skliar nos recuerda que no se trata de no estar preparados, sino de estar predispuestos, disponibles, ser responsables de multiplicar y diversificar tanto la idea de alumno (que modificaríamos a la de estudiante para brindarle un rol más activo) tradicional como también la de un aprendizaje común, normal. Estar disponibles es tomar una posición ética desde nuestro rol de educadores: disponibles a recibir a cualquiera, a todos, a cada uno, con sus singularidades. Hay una naturalización políticamente indebida que ofende y maltrata a ciertos individuos por sus singularidades, como es el caso de niños o niñas con tiempos de aprendizaje que no responden a lo “esperable” a lo “establecido” y que requieren de otros tiempos, de otras trayectorias. Educar es lo contrario del orden natural, contra eso se levanta. Todo gesto educativo es ético en la medida en que se opone radicalmente al orden natural de las cosas, en la medida que logra desnaturalizar y problematizar. Tomar distancia, en la experiencia educativa, de lo dado, lo previsto y pre-establecido, no es decir que todo es igual, ni dejar de valorar lo establecido como un punto de partida posible.

Reconocer la alteridad no es adaptarla a una práctica consagrada, se trata de sentir el peso del otro en nosotros. La existencia de ese otro es una presencia que nos obliga todo el tiempo a una tensión entre el conocimiento y el desconocimiento, la respuesta a su existencia es una cuestión que tiene que ver con la responsabilidad de enseñar. El sentido del gesto-acto de educar es desde la hospitalidad: recibir al otro sin cuestiones y sobre todo sin juzgar. A esto deben apuntar nuestras prácticas docentes, permitirle a los niños y niñas el estar, el permanecer y el poder hacer cosas juntos, no esperar que ellos se adapten a un orden instituido.

Sostenemos la importancia del diálogo permanente como la clave para repensar nuestro lugar como educadores y en cómo logramos que esa existencia del otro nos conmueva, nos atraviese. Como profesionales de la salud en el campo educativo debemos intentar que las marcas que traen esos niños y niñas dañados, rotos, no sean considerados un destino inevitable. La educación ha de ser siempre una invitación a salir al mundo, salir al mundo y aprender a vivir.

 

  • Lic. Florencia Berardi

Profesora y Licenciada en Psicología
MN 54.257

Ex concurrente del Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez. Docente del Profesorado de Psicología en la UBA. Maestra de Apoyo Pedagógico en Educación Especial.

 

  • Lic. Lucía Bonifacio

Lic. En psicología. MN 54601

Ex residente del hospital Ramos Mejia. Actualmente Psicóloga de planta del centro de día en salud mental y adicciones del CEMAR 2 – Barracas.

2 comentarios
  1. Maria Castroman
    Maria Castroman Dice:

    Muy interesante esta nota!!! Que cierta esa reflexión de Skliar, el docente no debe pensar en » estar preparado» si no en estar » predispuesto». Porque con esa voluntad de servir, luego todo se puede aprender sobre cada persona con discapacidad. Sería imposible en la formación de los profesorados incluir y ahondar en tantas problemáticas.

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