La inclusión del inclusivo en la escuela

La inclusión del inclusivo en la escuela

 Por Pablo Sigal

                                                                                                            Estoy en desacuerdo con lo que decís, pero                                                                                                         defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo

Evelyn B. Hall

 

Un fantasma recorre el mundo, el fantasma del lenguaje inclusivo. Amado y odiado con el mismo fervor, el fenómeno nos atraviesa en cualquier ámbito social que transitemos, desde la familia al club. Y la escuela no es la excepción. De hecho, es casi el centro del debate, ya que existe la idea de que la escuela es la institución responsable de transmitir “el buen hablar”, es decir, la norma.

De esta idea se desprende la más usual crítica al lenguaje inclusivo, que es la idea de que quien usa la “e” habla mal porque el hablar bien sería seguir las normas de la Real Academia Española. Sin embargo, la idea de un hablar bien y mal es solo parte de lo que llamamos prejuicio lingüístico: una cosa son las normas de una institución y otra es el uso efectivo que hacen los hablantes de la lengua, que siempre tiene una distancia de acuerdo a variedades sociales, etarias, regionales de la lengua.

De hecho, si fuera como dicen los detractores del lenguaje inclusivo, no existiría el fenómeno del “cambio lingüístico” y seguiríamos hablando latín vulgar. La lengua es, por definición, cambio; una forma lingüística es reemplazada por otra. Una vez que este cambio se consolida es la RAE la que lo incorpora como norma: es decir, primero viene el cambio y luego la incorporación. NUNCA es al revés porque no es posible imponer el cambio.

Ferdinad de Saussure describe este fenómeno, en su Curso de Lingüística General, como mutabilidad e inmutabilidad del signo lingüístico: nadie puede cambiar el signo y al mismo tiempo el signo cambia permanentemente. Un ejemplo muy claro de esto es que durante muchísimos años se trató de imponer el uso de “tú” tratando de eliminar o subyugar al “vos”. En la televisión, las películas y las telenovelas hablaban de “tú”; en la escuela las maestras obligaban a hablar de tú (y hasta hace muy poco tiempo el paradigma verbal era “yo/tú/él” y no “yo/vos/él”). Fue una lucha que se encaró con toda las fuerzas coercitivas del sistema educativo y de la cultura y, sin embargo, ningún alumno/a dejó de vosear. En cambio, hace algunos años, sin que NADIE se lo propusiera, el prefijo “re” pasó a tener también una función modalizadora, que introduce un cambio en la intención de la frase, convirtiéndola en una ironía o broma (“Esta nota es aburridísima, ah re”).

Esto nos lleva a sacar una primera conclusión: no hay nada puro en el lenguaje, no hay nada que defender, ya que el lenguaje se transforma sin la avenencia ni consejo de nadie.

Santiago Kalinowsky, miembro de la Academia Argentina de Letras y lexicógrafo, ha pensado con brillante lucidez que la introducción de la “e” en el sistema de géneros del español es un fenómeno retórico pero no de cambio lingüístico. Observar la aparición de una nueva palabra o el cambio de una existente en cierta comunidad etaria es una cosa que ocurre con frecuencia; ahora, producir un cambio consciente en la sintaxis o en la morfología, que se extienda a toda una comunidad lingüística de 500 millones de personas y que se convierta en norma, es otro cantar.

Entonces, decir que es un fenómeno retórico, es entender al lenguaje inclusivo como un fenómeno que busca hacer ver una situación social de injusticia. Esto no lo hace ni más ni menos importante, pero sí lo contextualiza y le da razón de ser como idea política del mundo, como acto transformativo en sí mismo y no en el lenguaje.

En esta idea podría estar la clave de cómo pensar el lenguaje inclusivo en las instituciones escolares, desde el inicial y primaria hasta el sistema universitario. ¿Por qué no permitir que cada uno/a exprese su visión del mundo como quiera? Por qué un/a docente o un/a alumno/a no puede decir “chiques”, expresando con ello su desacuerdo con el sistema patriarcal y binario que rige el mundo? Sería casi como prohibir una jerga, argot o cualquier otro sistema simbólico que exprese, de alguna forma, una posición sobre la propia existencia y el mundo. A esta altura ya entendemos que eso no provocará que las y los alumnos/as repitan la forma de habla del/ la docente pero sí podría llegar a introducir la pregunta por la desigualdad de género en el mundo, que sería una punta de lanza importantísima para pensar los contenidos de la educación sexual integral que son, como sabemos, obligatorios por ley.

Cada uno/a debería poder decidir cómo quiere hablar (y digo “decidir” porque eso es lo que debería ocurrir: elegir conociendo el sistema de opciones). La escuela es responsable de que los chicos y las chicas entiendan el sistema de géneros del español pero también tiene que ser responsable de que entiendan que hay una opción inclusiva que no responde a este. Es una reflexión lingüística pero sobre todo de tolerancia y subjetivación de las identidades.

Después estaremos los que criticaremos al lenguaje inclusivo por tibio e ingenuo ¿Por qué tibio? ¿Por qué ingenuo? Eso ya es asunto de otra nota.

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